Testimonio Marta Sánchez

Tras un ejercicio de relajación, ya una vez tumbada, Carlos comienza a preguntarme acerca de lo que va aflorando a la conciencia proveniente de mi sub/inconsciente?. Me encuentro en mitad de un lago en calma, yo voy en barca, remando. A mi derecha, una cadena montañosa, a mi izquierda un valle y un poblado. Yo me dirijo hacia una ermita ubicada en lo alto de esta cadena montañosa, un poco más adelante, a mi derecha.

Avanzo un poco en el tiempo y me encuentro ya dentro de esta ermita, observando mientras camino la luz que pasa a través de las vidrieras góticas de colores. Soy una mujer de entre 30 y 50 años, no estoy muy segura, visto humildemente ropas
tradicionales y oscuras. Avanzo un poco más. Me veo dentro del confesionario, hablando con el párroco sobre ciertos asuntos inquietantes que me están sucediendo y sólo confío en él como intermediario de Dios. Acudo a él en busca de alivio, consuelo y consejo, pero para mi sorpresa no le sientan bien algunas de mis confesiones y saliendo él apresuradamente del confesionario me toma por el moño y me empuja tirándome al suelo. Me dice que tengo que pagar por mis pensamientos de naturaleza impura
y a continuación se me echa encima, empezando un forcejeo del que a duras penas consigo zafarme debido a la parálisis que me atenaza. No me salen las palabras, aunque sí las lágrimas por la confusión y lo repentino e insospechado del momento. Así que desde que puedo y como puedo huyo corriendo de la iglesia, ladera abajo.

Avanzo unos años más. Me encuentro en una escena cotidiana de esa vida, o como a mi más me resuena, una memoria simbólica. Estoy en el interior de mi casa, más concretamente en la estancia que hace las funciones de cocina y sala de estar. Es un
hogar sencillo, predispuesto humildemente y algo sombrío. Se respira silencio, pero es un silencio cargado de pesadez. Sólo se escucha el crepitar de las llamas en el fuego al fondo de la estancia y el trompo que mi hijo de unos 7 años que, con aire taciturno como acostumbra desde hace algún tiempo ya, hace girar sobre la mesa. Yo me veo a la izquierda de mi marido, el cual borracho y sentado en la otra mesa, está obcecado con su botella de vino. Siento impotencia de la situación y de mi vida en general, los días pasan, y la misma escena parece no parar de repetirse en bucle un día tras otros, sin yo poder reaccionar. Me siento incapaz de hablar con mi marido sobre lo que veo y lo que siento acerca de la vida que tenemos y el rumbo que está tomando. Me siento vacía, y la tristeza, culpa y remordimiento me embargan cada vez más al ver a mi hijo criarse sin alegría o más apoyo familiar.
Todo esto me parte el alma. Es como un quiero implicarme más con él y con todo, pero no puedo. Siento que hay algo en mi que me impide el desinhibirme, fluir, unirme a sus juegos, divertirme. Reír, contarle cuentos o pasar simplemente más tiempo de calidad con él. Pena, dolor y parálisis inmensos se instalan en mi, cada vez más intensamente.

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Testimonio YFA

Desde hace años se venían repitiendo en mi vida situaciones muy similares, en lugares y con personas diferentes, pero siempre con los mismos hechos y provocando en mí los mismos sentimientos. Es por ello que decidí hacer
terapia regresiva.
Desde que contacté con Carlos el trato fue de lo más amable y atento. Antes de realizar la terapia me envió información de manera muy clara y precisa para que pudiera decidir si realmente la terapia regresiva era lo que necesitaba.
Una vez que decidí que era lo que quería hacer, el proceso fue llevado por Carlos desde una total honestidad y respeto.
La terapia para mí ha sido enriquecedora, recordar momentos que estaban anclados en mi memoria me están ayudando a ver las situaciones actuales de mi vida desde otra perspectiva.

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